sábado, 30 de mayo de 2026

§ 4.071. Diario de una camarera (Luis Buñuel, 1964)


 La vi en 2023 por primera vez. Me gustó mucho, pero siempre he querido verla de nuevo. 

Escribí esto de ella: Sátira morbosa y crítica de una sociedad decadente, en la que el sexo juega un papel importante. Interesante, sofisticada en su exposición y sumamente morbosa. Impresionante Jeanne Moreau, una verdadera actriz dotadísima y eficaz. Le da ese punto de morbo que hace que la película sea interesante. Además es muy guapa.
El retrato que hace de la relación entre los esposos es extremadamente cruel. Ella es rica y probablemente es quien tiene el dinero y las posesiones, y el marido vive con ella pero no convive matrimonialmente. Además está el padre de la señora, un fetichista de los zapatos que se dedica a fisgonear la vida de la camarera.
El vértice de todas las relaciones es ella. Que no se sabe realmente qué hace en la finca y qué pretende. Porque es evidente que algo trama, que no está allí por estar, que tiene un propósito. Pero no se sabe cuál es, y cuándo va a proyectar su deseo.
No está interesada en el marido de la señora, ni tampoco en su padre, el viejo verde. Pretende algo, pero no se sabe qué. No está allí por estar, eso seguro.
Me gusta la escenografía, la simplicidad de la propuesta, la limpieza de los planos, la sobriedad de su desarrollo. Y, sobre todo, la complejidad de su pretensión.
Por supuesto no podía faltar la crítica a la iglesia y al clero, con las confidencias que hay la señora al cura del lugar. Sacerdote que, por otra parte, sólo está interesado en reformar el techo de la iglesia. Por eso escucha las confidencias de la mujer sobre su imposibilidad de tener sexo con el marido.
El otro vértice de la obra es la niña, que no se sabe de quién es, probablemente de otra criada, que vive en la casa pero no se sabe qué hace allí ni de dónde procede. Su asesinato y el fallecimiento del viejo alteran por completo todas las relaciones y la averiguación del crimen se convierte en la obsesión de la protagonista. Un suceso trágico y drástico, violento que aunque parece socializarse fácilmente se incrusta en las vidas de las gentes alterándolas. 

§ 4.070. La ciudad maldita (Juan Bosch, 1978)


Un “Paella Western” peculiar. No raro, pero sí algo diferente de lo que se espera de este tipo de películas. 
Tiene más de inspección de los delitos y menos de los elementos clásicos del cine del Oeste. 
Está basada en la novela “Cosecha roja” de Dashiell Hammett, publicada en 1929. 
Es un poco confusa. No es que sean fallos de guión, es que ocurren dos circunstancias. En primer lugar, ya de por sí la propia novela tiene genera confusión: multitud de personajes parecidos, intervenciones muy rápidas, conversaciones con dobles sentidos, etc. En segundo lugar, porque la traducción al lenguaje cinematográfico de la complejidad de la novela no es sencillo. Ocurre en otras excelentes películas basadas en relatos de cine negro. Desde el Halcón Maltés, hasta El sueño eterno, de Howard Hawks, aunque aquí la novela es de Raymond Chandler.
Entretiene, pero no es brillante. Funciona a un nivel muy primario, y la complejidad de la historia hubiera requerido algo más de mordiente.
Por momentos me he perdido en la historia, además de que, en algunos otros he tenido una sensación de confundirme con los personajes. Su caracterización no es distintiva.
Se puede ver una vez. Supongo que no más.
Los actores no son especialmente conocidos, lo que no me ayuda a apreciarla en toda su intensidad. 

viernes, 29 de mayo de 2026

§ 4.069. La casa de las mujeres perdidas (Jesús Franco, 1983)


 El tío Jess ya había entrado en la fase de desparrame total. Ya habían pasado los mejores años de su filmografía, y ahora todo era exhibicionismo y algo de depravación sexual. La motivación de la película es esa. Sin más. No tiene mala trama, y el guión podría prometer, pero su insistencia en los coños, las telas y los culos se hace pesadísimo. Tengo carrete. Con él sobre todo, porque me gustan los artesanos del cine, pero es un poco pesado. 
Además el exhibicionismo de su mujer hace que todo tenga un cariz todavía más cutre y desolador. Mostrar siempre a tu mujer como una ninfómana no parece una buena idea. Sin embargo recuerdo cuando le dieron el Goya de honor y estaba en una silla de ruedas. Ella llevaba la silla y al ver la estampa no puedo sino recordar que efectivamente eran una buena pareja.
A veces veo sus películas con un cierto sentido paródico, como si no fuesen conmigo, para reírme de todo, de él por su insistencia paródica de sí mismo, y yo por perder el tiempo viendo estas cosas…
Pero el que me lee ya sabe cuál es mi pensamiento en estos temas. Esta semana he visto dos obras maestras del cine. Una de Ozu o otra de Mizoguchi, y ya son suficientes por hoy. Hay que ver cosas ligeras y deshinibidas. Pero a veces es demasiado.
Por otro lado el tratamiento que le da a la discapacidad es infame. Hoy no posaría el corte de los socialmente aceptado. No digo de los políticamente correcto, que tampoco. Digo de que socialmente se tolera o permite. 
Los diálogos también son pare echarlos aparte. Qué insensateces se dicen.
Bueno un tío Jess más para pasar el rato.

miércoles, 27 de mayo de 2026

§ 4.068. Cuentos de la luna pálida (Kenji Mizoguchi 1953)

 
La delicadeza hecha cine. No es el director de la vida cotidiana japonesa (Ozu), ni el de las tramas del poder (Kurosawa), ni el de la conciencia moral de la sociedad (Kobayashi), pero es probablemente el mejor de los cuatro.
La ambición del dinero, del reconocimiento, de la prosperidad. Ese es el planteamiento inicial. Dos maneras de ver la vida de conducirse en ella. Y esa ambición puede afirmarse y sostenerse de diferentes maneras. Desde el diligente Samurai hasta el humilde alfarero. 
Dos tipos diferentes de ver la vida. 
La historia está bien. Pero es siempre lo de menos en Mizoguchi. Es la estética del movimiento, la cadencia de la actividad física, el relato de la movilidad. 
Hay algo de fisicidad en ello. No goza de la mafestuosidad de los planos abiertos tan característicos en Kurosawa, y las motivaciones personales no son prosaicas, mundanas, alejadas de los altos valores que mueven a los personajes del mundo imaginario de Akira. 
Película de corto metraje. Cien minutos, que para estos japoneses clásicos es poco. Creo recordar que todas las que he visto de él tienen más duración.
Me llama la atención la falta de talla moral de los Samurais. Se presentan más como bandidos o ladrones -que es probablemente lo que fueron- que como reaccionarios al poder que alquilan su brazo armado. Algo parecido a lo que ocurre en España con los bandoleros. Seres mitológicos que se conducían más por supervivencia que por honor.
Me ha gustado, pero no tanto como otras de Kenji. La suavidad tan sutil necesita de impulsos más firmes, en su materialización, en su propósito, en su determinación. No es que le falte pulso vital, es que el director no quiere que la película transite por esa senda emocional. 

lunes, 25 de mayo de 2026

$ 4.067. La historia de Lisey (Pablo Larrain, 2021)

 


§ 4.066. El sabor del sake (Yasujirō Ozu, 1962)


Sabes que es una película de Ozu por el inconfundible punto de vista en el que pone la cámara. Antes de las temáticas, generalmente propias de la vida cotidiana, por es forma de rodar: desde abajo hacia arriba, a la altura de las rodillas prácticamente. 
Acude para su última película a un tema ya tratado en Primavera Tardía (1949). Aquí a todo color y con algo más de optimismo, con menos amargura y algo más de vitalidad. Pero sin Setsuko Hara, que tiene una gracia y un donaire verdaderamente atrayente, sinceramente brillante. Una estrella, en el tenor literal de la palabra: alguien que brilla entre los demás.
Para el papel masculino se encarga el mismo actor: Chishu Ryu, que también es un actor muy de la época. 
En Ozu las emociones transitan despacio, sin prisa, con moderación, con naturalidad, nada de efectos circenses, de golpes de timón en la película, nada de violencia, por supuestos, y con formas de conducirse suaves, tranquilas, y nada histéricas. El director de la tranquilidad. 
Capra lo es de la felicidad, Ozu de la tranquilidad. 
Me ha gustado, pero algo menos que otras de él. La citada y Cuentos de Tokio (1953) y Crepúsculo en Tokio (1957). De las que he visto suyas la que menos me ha gustado ha sido Buenos días (1959).
Es curiosa la relación que mantienen los personajes de las películas de Ozu con el alcohol. Él tuvo muchos problemas, incluso se bromeaba en los rodajes sobre cómo iban de tiempo dependiendo del número de botellas de sake que había ido bebiendo a lo largo de la producción y montaje.

domingo, 24 de mayo de 2026

§ 4.065. Man on the Moon (Milos Forman, 1999)

 
No me suelen gustar los biopic de personas del espectáculo. Entiendo que es muy difícil contar lo que hacen sin ver lo que hacen. De deportistas y actores también es difícil. Los que funciona son de personajes en profesiones estándar: médicos, ingenieros, militares, políticos, personas sobre las que no tienes formada una idea de cómo son o cómo deben ser. 
El personaje de Kaufman debía ser peculiar. El clásico “loco carioca” que va a lo suyo y que tiene una forma tan singular de actuar y comportarse en la vida y en el espectáculo que se duda de si es un genio o un loco.
Dudo bastente que, tal y como lo retratan en la película, no tuviese de verdad un problema psíquico, o incluso de doble personalidad. 
Me parece que lleva su visión de las cosas hasta un punto delirante. Aunque quizá de eso se trate. De conseguir que la gente se ría de verdad, de sí misma, de los demás, de todo, de cualquier cosa. 
Desde luego es una forma muy creativa de abordar el mundo del espectáculo. Novedosa y rupturista, quizá lo mejor que se puede decir de un cómico. 

§ 4.072. Hipnosis (Eugenio Martín, 1962)

Muy de la época. Una de las primeras de Martín, que luego hizo cosas mejores, básicamente dos: Pánico en el transiberiano (1972) y Una vela ...