viernes, 27 de marzo de 2026

§ 4.017. Los amantes crucificados (Kenji Mizoguchi 1954)

 Quien interprete el cine japonés clásico como frio, deshumanizado o poco pasional, no sabe lo que dice. Es exactamente, todo lo contrario. Es fuego, contenido y poco expresivo, pero calienta y hace arder las pasiones humanas básicas como cualquier otro cine. Hay que entenderlo en su justo punto, en su medida, en su contexto. Es intenso, violento, incluso salvaje y brutal. 
Aquí no hay la más mínima duda: violencia contenida, venganza, sordidez pasional, 
sexo como motor y desencadenante de las vivencias y todo una subtramas que imaginas o intuyes de pura animalidad poco virtuosa. 
Las proposiciones indecentes son igual de sórdidas en todas partes, en cualquier tiempo y circunstancias. No hay forma alguna de apreciar su  modulación.
No es exactamente una road movie, porque prácticamente no se sale de un mismo escenario (en la primera parte), pero tiene ese espíritu, la huida, la marcha, el escape por la libertad propia, por la vida (en la segunda).
Hay mucha claridad narrativa en su exposición fílmica. Lineas puras, luces y sombras bien definidas, encuadres ortodoxos. Calma y sencillez en los diálogos, tempo nítido en su recorrido temporal, emoción contenida y nada de saturación emocional. Un plano, un sentimiento; varios planos, varias emociones.

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