He terminado de leer la novela de Heinrich Mann apenas hace una semana. Y me pareció una gran novela. No es de la potencia de Mephisto, de Klaus, hijo de Thomas, pero se le acerca bastante. Por dejas fuera de las herpe por excelencia de las letras alemanas.
No he visto, por cierto, que yo recuerde, ninguna película basada en un texto de Thomas. Y, desde luego, ninguna Montaña Mágica, ni Dr. Faustus, ni Los Buddenbrook. Sí, por supuesto, La Muerte en Venecia, que es otra de las muchas maravilla de su pluma, aunque para mi algo fuera de mis gustos fílmicos. No es Visconti el director de cine que más me gusta, aunque Confidencias sí me llegó bastante.
La película refleja bastante bien la novela, pero se ma hecho un poco larga, tiene mucho metraje para decir lo que quiere decir. 100 minutos son muchos, y más en 1930. Porque la película tiene la friolera de 96 años. Hay es nada.
Respeta bastante bien el texto original de la novela, pero plantea algunos cambios. El profesor en la novela era de Griego, aquí lo es de Ingles. Pero más allá de eso y quizá el nombre de los alumnos, el resto queda bastante parecido. Pero el sentido de algunas cosas cambia. En la novela hay un punto de cordura en la decisión del profesor, aquí no. Aquí hay desprestigio, pérdida del sentido propio de sí mismo y descenso a los infiernos de la locura. Hay alteraciones sutiles de escenas y diálogos que le dan más contenido morboso a la cinta que a la novela.
En la película llegas a pensar: “Bueno, y qué”. Al fin y al cabo, más allá de los escarceos de Rosa, el Profesor consigue lo que quiere. Todos juegan a su juego. Todos bailan su canción. Y él tan contento. Y, sin embargo, en la novela el deterioro es evidente. No cambia muchas cosas -ni el contexto, ni los personajes importantes- pero si el sentido de la depravación. Entre otras cosas, porque en la película quizá si le mereciera la pena, pero en la novela seguro que no.
La decadencia, la morbosidad, el cierto glamour del personaje femenino está bien construido. Lola aquí, Rosa en la novela, tiene esa atracción hacia la vulgaridad que me recuerda al éxito de determinadas políticas en este país. Su vulgaridad, exudando sexo sólo puede agradar a determinados especímenes, que buscan lo fácil en vez de tomar el camino de lo interesante.
Me ha gustado, pero se me ha hecho larga. Demasiado larga.
Lev Stepanovich era un contador de historias ciego que la abuela de León Tolstoy tenía a sueldo en la casa familiar. Era legendaria su capacidad para contar cuentos... manipularlos, hacerlos una y otra vez de manera diferente... Eso pretende este Blog, contar cuentos... de manera creible.
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