El compromiso actoral es de primer nivel: Julie Christie, Terence Stamp, Peter Finch como y Alan Bates. Casi nada. Cualquiera de ellos por sí solos llena una película.
Cinta larga, más de 160 minutos, dos horas y cuarenta minutos. Una barbaridad.
La ruralidad está bien planteada, bien trazada. Los escenarios, decorados animales organizan las escenas amorosas y de cortejo. Nada que decir. Pero le falta algo de armadura y estructura. Es una película “lenta”, cadenciosa y contemplativa. La explotación de la ruralidad funciona como reclamo, pero está alejado de los intereses cinematográficos que contemplo usualmente. Hay que ver de todo. Pero esto no me ha gustado especialmente.
¿Esta bien hecha la película? Por supuesto. ¿Es buena? Probablemente.
¿Me ha gustado? Lo justo, lo necesario para verla.
Perfectamente ambientada, con actores estupendos, especialmente Peter Finch, que es una debilidad personal.
El director de fotografía es Nicolas Roeg, luego director del que he visto varias cosas, interesantes todas.
La música, al parecer, es célebre. A cargo de Richard Rodney Bennett, que incorpora canciones folk y tradicionales con ritmos nuevos y más tecnificados.
La lentitud es exasperante. Porque, a diferencia de los japoneses que adoro, Ozu y Mizoguchi, principalmente, la contemplación en esta cinta es impostada, como una forma de rebajar la tensión emocional, como una técnica. Mientras que en ellos es estructura de la narrativa. Para los orientales es su lenguaje, en esta película es elección dramática y técnica narrativa. Por eso cuando se acelera en momentos de tensión -como en el incendio- se ve rara e incluso impropia. Me recuerda, en este sentido, a La hija de Ryan, aunque esta es peor que aquella, que es extraordinaria, por más que fuera masacrada por la crítica y el público.
En definitiva, es interesante, está bien rodada y funciona. Pero no es mi tipo de cine.






