Una auténtica y rotunda obra de arte, del séptimo.
Qué guión más asombroso, qué planos, qué manera de contar una historia, qué eficacia en los contenidos, qué arquetipos de buenos y malos tan bien caracterizados, qué ritmo, qué capacidad para imponer un tempo a las secuencias. Y, sobre todo, qué disfrute visual, qué blanco y negro tan nítido (producto, soy consciente, de la restauración), y qué bien se acompasa el sonido (la música, en realidad) con la imagen.
Me sorprende lo bien estructurada que está la cinta, la profundidad de lo que cuenta, de cómo lo cuenta, de la intensidad dramática del asunto.
Y tres cosas más que me han encantado. En primer lugar, el arquetipo de villano, auténtico precursor del tipo de malo de las películas de James Boon. En segundo lugar, la música. Un piano repetitivo hasta las saciedad que va variando la melodía. El auto es Werner R. Heymann, que luego pondría música a varias películas de Ernst Lubitsch.
Y, en tercer lugar, la actriz principal. Se llama Gerda Maurus, y es de una belleza arrebatadora. Una profundidad en la mirada y un pelo precioso. Me gusta cómo se mueve, la libertad que encarna, en esos años 20 locos en los que se podía ser feliz sin sentimiento de culpa. Es su primera película, y según cuentan fue la causa del divorcio de Lang y Thea von Harbou. Luego hizo una mujer en la luna, se pasó al sonoro, se casó con un director de cine alemán, fue amante de Goebbels, y murió bien entrado los años sesenta.
Me parece maestra de verdad.