martes, 29 de enero de 2013

Jesús Carrasco. Intemperie, Seix Barral, Barcelona, 2013. 221 pág.


     Magnífica novela. Cuatro personajes: el niño, el cabrero, el tullido, el aguacil y el colorao (que no dice ni una palabra). Sin nombres propios, sin localizar el lugar de desarrollo de la novela, aunque con total seguridad es el páramo extremeño, probablemente La Siberia, y sin datar los acontecimientos temporalmente, aunque desde luego es el siglo XX, pues aparece una motocicleta y por su descripción difícilmente pudiera ser de otro siglo.
     La capacidad de embaucar con las palabras, esa magia que pocos autores consiguen, es directamente proporcional al dominio que se tenga de la técnica literaria. En este caso completamente nueva, y por eso magnética. Nada de atrezzo, de perifollo, nada complementaria. Todo esencia, principal, argumentos, pensamiento, literatura.
     No expone qué ocurre de manera clásica, sino que prescinde de todo lo que pudiera localizar o temporalizar la novela. Porque es una historia intemporal, de iniciación a la vida adulta, de asunción de la propia identidad, de fortaleza en la duda, de comprensión del propio futuro.
     Un niño, sin nombre, sin fechas, sin lugar, se esconde de una partida que le sigue, encabezada por su padre y por el aguacil. Ha huido de su casa, podemos imaginar por qué, pero no tenemos constancia de ello. No sabe dónde va, pero ha asumido que permanecer en el hogar constituye un quebrando de su propia identidad. Podemos intuir abusos sexuales, o incluso sadismo infantil, pero no estamos convencidos, el autor no lo oculta, en realidad da igual...
   El páramo que tiene por horizonte le impone realizar planes de huida, y mucho menos llevarlos a cabo. Atravesarlo por el día es imposible, el calor achicarrante de la planicie imposibilita esta encomienda. Es la noche su aliada, una noche sin luna, cerrada, oscura, como su futuro.
    Después de varias peripecias en la escapada conoce al cabrero, viejo encargado de un puñado de cabras que pastan en los pocos prados que hay en el terreno yermo. Le protege, sin preguntarle nada, le ayuda sin pedir nada a cambio, quizá solamente compañía, le enseña lo básico de la vida. Pero les sigue el aguacil, que golpea salvajemente al anciano para que coopere. Consiguen zafarse de él, y llegar a una casa de pueblo habitada por un tullido que pretende delatarle al aguacil para cobrar la recompensa. Violencia otra vez, ahora ejercida por ese adolescente de no más de 12 ó 14 años. Huida de nuevo, teología del escapismo, frugalidad en la comida, escasa limpieza de cuerpos y mentes.
    Asesinado del aguacil y de su ayudante, el colorao, por parte del cabrero, que evita así una escena violentísima del aguacil al niño, probablemente sodomía, quizá únicamente una paliza.
     Hay que llegar al norte en pocos días, las cabras no pueden aguantar sin comer, y el anciano pastor está muy enfermo. Muerte de éste..., y comienza a llover: se ha dejado atrás muchas cosas: el pasado, el miedo, el cobijo de una familia que no lo es, el escaso aprendizaje que deberá ser suficiente para el resto de la vida, y el páramo...
     Me ha parecido sencillamente magistral, estupenda. Hay que seguir a este autor, de Badajoz, para más señas. Sus descripciones del campo y de los útiles de ganadería son estupendos, me recuerdas a los de realizar autopsias de Cristo versus Arizona, de CJC. Y en algunos momentos la descripción de la tierra seca y su dureza me rememora un novela de Steimbech: atormentada tierra.
     Es un autor a seguir, muy de cerca. Para ser su primera novela es una entrada en el mundo editorial por la puerta grande.
    







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