jueves, 24 de enero de 2013

EDUARDO MENDOZA: El enredo de la bolsa y la vida, Seix Barral, Barcelona, 2012.


     Es evidente que me hago mayor. No es algo que me preocupe especialmente, sé que ocurre y que poco puedo hacer por remediarlo, si es que quiero remediarlo, que tampoco lo creo. Pero sé que me hago mayor porque ya no soy capaz de leer por leer. Y mira que he leído a Mendoza, prácticamente todo, y, desde luego, todo lo esencial. Uno de mis libros favoritos, que he leído tres veces, una de ellas en Roma en los días de mi viaje de novios hasta altas horas de la noche, es La Ciudad de los Prodigios. Pero puede elegir entre los cien más trascendentes para mi cualquier otro de sus buenas obras: La verdad sobre el caso Savolta especialmente.
     No sé porque hace estas cosas Mendoza. No le veo la gracia. No sé siquiera si tiene gracia. Me gustaría encontrar a alguien que afirme que es un gran autor después de Pomponio, y del Tocador de Señoras. Pretende elaborar una especie de comedia ligera, frívola y poco seria, pero a mi juicio se queda en un vil melodrama, o, a lo más, en una especie de literatura automática, que puede gustar a otro tipo de lector, no lo dudo, pero no al que adoraba el costumbrismo contemporáneo de aquellas obras de los ochenta.
     En definitiva, no volveré a leer nada de él de este estilo.

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