sábado, 2 de marzo de 2013

WILDER, Billy. Perdición (1944)


     En el cine últimamente las chicas fatal son un puntillo 'guarrillas', no tienen la clase y el estilo de las del cine clásico americano de los cuarenta y cincuenta. Están macizas, frente a las de aquella época, eternamente etéreas, inalcanzables, poco dadas a la exhibición, sutiles, gratamente recatadas, pero terriblemente ambiciosas en el fondo y en la forma. Sumamente fieras, destructivas pero atrayentes, con piernas de escándalo sin necesidad de mostrar escotes de vértigo. La diferencia entre Barbara Stawich y cualquier otra de las de ahora no resiste la más mínima comparación. Ni por asomo. Qué mirada, qué pose, qué manera de cruzar las piernas, qué zapatos, qué cadenita en el tobillo, qué perdición enamorarse de ella...
     Los hombres, por su parte, ahora ya no son capaces de jugársela todo a una carta, de mirar a su futuro y embridarlo en una botella de whisky bebida a sorbitos pequeños. Nada de fumar cigarrillos con la luz apagada solos en la habitación perfectamente vestidos con una corbata de seda oscura. Ya no se desayuna en los bares como en aquellos años, prósperos en la ilusión, al menos, de la gente.
     Ya no hay películas como Perdición. Canónica donde las haya. Fiel al estilo propio del posiblemente mayor genio de la historia del cine: Wilder. Perdición debe verse al menos una vez al año. No menos de treinta veces en la vida. Ayer, que seguramente fue la novena o décima vez que la veo, descubrí el seto de flores de la entrada de la casa de ella. Qué cosa más bien hecha, que bonito... Siempre hay algo nuevo que ver en la película, otro diálogo que se  te ha pasado, una mirada nueva. Esa pistola bajo el sillón, esa frialdad en la mirada cuando se aprieta el gatillo, esa mancha de sangre que fotograma tras fotograma es de mayor espesor y longitud, empapando el traje de fieltro a cada minuto con mayor intensidad. Ese brazo que no puede mover por el dolor..., ese último cigarrillo en la puerta de la compañía de seguros. Ese pensamiento último hacia ella, la reflexión de si ha merecido la pena, y en convencimiento último de que sí. De que la vida es eso,   de que se condensa en la longitud de la pierna, en la cadera, en ese único beso de toda la película...
     Ya quedan menos días para volverla a ver de nuevo...

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