domingo, 24 de marzo de 2013

REED, Carol. Nuestro hombre en la Habana (1959)


     Excelente novela. Buena película. Sin llegar a la altura de otras de Reed. Ni muchísimo menos.
     Conocida historia de cinismo, alcoholismo, y confusión, tan propia de algunas situaciones vitales, más frecuente de lo que parece.

sábado, 23 de marzo de 2013

Elia Kazan. Fugitivos del terror rojo (1953)


     No muy renombrada película del traidor genial que tiene, sin embargo, el mérito de no envejecer, o mejor dicho: envejecer con bastante dignidad, quizá por el tema, quizá por el tratamiento del blanco y negro, muy sutil y especial, quizá por ser el director quien es, y estas cosas importan, y mucho, especialmente a los mitómanos como yo...
     No es, obviamente, ni Viva Zapata, probablemente entre las diez películas más bonitas de todos los tiempos, ni La Ley del Silencio. Tampoco es Esplendor en la Hierba, ni siquiera El Último Magnate o El Fugitivo, pero es una película que se deja ver muy bien. Me recuerda vagamente a El Callejón de los Sueños Rotos, por el ambiente en el que se desarrolla, aunque nada tiene que ver ni la trama, ni 
     Desde luego tiene que ver con su peculiar lavado de cara tras su bochornosa intervención contra los Diez de Holywood, preciosamente contado en una película de Irvin Wilker llamada Caza de Brujas, uno de cuyos represaliados más notables fue Dalton Trumbo, guionista de Espartado, de Kubrick. Probablemente fue el episodio que marcó su vida por completo, en todos los sentidos, y seguramente le impidió situarse en el Olimpo de los directores míticos, lugar reservado para otros directores ortodoxamente dóciles con el Poder, como Hawks o Ford, cuyas derivas personales eran tolerados como tributo a la peculiaridad de su genio. Porque la plasticidad de su cine es magnífica, la fuerza tremenda de su argumentario deja poco margen a la duda: estamos en presencia de un animal de la naturaleza, un torrente lúcido de expresividad canalizado a través de una máquina que hace dieciséis fotografías por segundo.
     La historia es la que se supone: los miembros de un circo pretenden en una gira escaparse de su país, Alemania Democrática, para pasar a la Alemania Federal, consiguiéndolo, después de no pocas peripecias, circunstancias y ocurrencias, que dan sentido a toda la película.
     Se deja ver, y para los que gusten de este tipo de cine es bonita, sin ser una genialidad, en ningún sentido.

domingo, 10 de marzo de 2013

FARROW, John. Las fronteras del crimen (1951)

     Buena película, a veces divertida. Una mezcla de género que le sale muy bien al director, padre de Mia Farrow, esposa del enano al que Frank quería cortar las piernas.
     Mitchum es un panoli de poca monta que tiene un parecido extraordinario con un mafioso evadido a Italia. Le pagan por pasar unos días en México, donde, sin saber él qué va a suceder, tiene previsto llegar el mafioso y someterse a una operación de cirugía estética para poder volver a entrar en Estados Unidos.
   Allí conoce a la rotundísima Russell que baga por la ciudad, de hotel en hotel siendo la amante de una estrella de cine, Vincent Price. El lío está montado, porque Mitchum obviamente no quiere morir, Russell se enamora de él y con la llegada de la esposa de Vincent Price él comprende que aunque no le de el divorcio va a hacer lo que le da la gana.
   En la última media hora Mitchum es conducido a un barco, que es asaltado por Vincent que saliendo de su personaje para ser un héroe real consigue que los huéspedes del hotel, todos americanos, se provean de armas y ataquen el barco. Su película es en este caso real, recibe un disparo y aun así continúa con el juego, con la farsa. Al final todo sale muy bien.
   Desde luego es una mezcla rara. Pero muy bonita al final de todo.
   Gran película.

sábado, 9 de marzo de 2013

Alfred Hitchcock. Rebeca (1940)

   Historia tantas veces contadas que no se sabe cuál es la mejor de ellas. Pero esta, desde luego, es muy buena, quizá la mejor. Una etérea Joan Fontaine asistente de una mujer rica en zona de vacaciones se ve conquistada por un viudo maduro elegantísimo y muy rico, que posee una mansión: Wardervild. El recuerdo de su mujer, Rebeca, está presente en toda la casa, en el servicio, en la ama de llaves, mujer especialmente sombría poco dada a favorecer la convivencia entre los esposos y seguramente enamorada secretamente de él.
   Los acontecimientos se suceden sin que se vislumbre cómo se va a salir del entuerto. Ella, haga lo que haga no consigue que él salga de su marasmo, de su estado de recuerdo permanente, del influjo de su ex-mujer.
   El final es el previsible, su ex-mujer, Rebeca, resultaba ser una mujer mala, tirana emocionalmente, en absoluto enamorada de él, que fallece en un balandro cuando navegaba cerca de la costa. El cadáver aparece levantado sospechas sobre si en verdad fue un suicidio o un homicidio. Un juicio, un amante, una historia lúgubre para olvidar. El cariño y la paciencia de la su mujer consigue que reaccione, que sea capaz de encontrar la salida a su propio laberinto emocional, de ser capaz de 'enterrar' definitivamente a su mujer, amable y encantadora con todos, el servicio incluido, pero sumamente dura con su marido. Un incendio, el incendio, Wandervild, la casa de los recuerdos, el lugar de otro amor, la purificación por el fuego, volver a empezar. El tesón, el cariño y la paciencia de su mujer, no llamada a estas lides pero muy enamorada de él, consigue la catarsis. Arrasada la casa, enterrada su ex-mujer, y muerta en el incendio el ama de llaves, sólo queda empezar de nuevo, en otro sitio, una nueva vida, un nuevo amor.

sábado, 2 de marzo de 2013

WILDER, Billy. Perdición (1944)


     En el cine últimamente las chicas fatal son un puntillo 'guarrillas', no tienen la clase y el estilo de las del cine clásico americano de los cuarenta y cincuenta. Están macizas, frente a las de aquella época, eternamente etéreas, inalcanzables, poco dadas a la exhibición, sutiles, gratamente recatadas, pero terriblemente ambiciosas en el fondo y en la forma. Sumamente fieras, destructivas pero atrayentes, con piernas de escándalo sin necesidad de mostrar escotes de vértigo. La diferencia entre Barbara Stawich y cualquier otra de las de ahora no resiste la más mínima comparación. Ni por asomo. Qué mirada, qué pose, qué manera de cruzar las piernas, qué zapatos, qué cadenita en el tobillo, qué perdición enamorarse de ella...
     Los hombres, por su parte, ahora ya no son capaces de jugársela todo a una carta, de mirar a su futuro y embridarlo en una botella de whisky bebida a sorbitos pequeños. Nada de fumar cigarrillos con la luz apagada solos en la habitación perfectamente vestidos con una corbata de seda oscura. Ya no se desayuna en los bares como en aquellos años, prósperos en la ilusión, al menos, de la gente.
     Ya no hay películas como Perdición. Canónica donde las haya. Fiel al estilo propio del posiblemente mayor genio de la historia del cine: Wilder. Perdición debe verse al menos una vez al año. No menos de treinta veces en la vida. Ayer, que seguramente fue la novena o décima vez que la veo, descubrí el seto de flores de la entrada de la casa de ella. Qué cosa más bien hecha, que bonito... Siempre hay algo nuevo que ver en la película, otro diálogo que se  te ha pasado, una mirada nueva. Esa pistola bajo el sillón, esa frialdad en la mirada cuando se aprieta el gatillo, esa mancha de sangre que fotograma tras fotograma es de mayor espesor y longitud, empapando el traje de fieltro a cada minuto con mayor intensidad. Ese brazo que no puede mover por el dolor..., ese último cigarrillo en la puerta de la compañía de seguros. Ese pensamiento último hacia ella, la reflexión de si ha merecido la pena, y en convencimiento último de que sí. De que la vida es eso,   de que se condensa en la longitud de la pierna, en la cadera, en ese único beso de toda la película...
     Ya quedan menos días para volverla a ver de nuevo...